sábado, 30 de abril de 2011

La causa de Dios - Capítulo 01: Una mirada al abismo

Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y uno de los ancianos me dijo:

- "Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo. El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos."

Apocalipsis 7, 9. 14b-17

Tristeza, angustia, dolor. Lluvia que emborrona la visión y se funde con lágrimas de desesperación. La luz de las farolas iluminando la soledad de Iván. A sus pies, bajo el puente, la autovía sin tráfico a esas horas. A la izquierda, a cien metros, otro puente se elevaba sobre las vías del tren. A la derecha, una hilera de cipreses detrás de la cual se escondía el cementerio municipal, donde enormes y magestuosos panteones contrastaban con humildes nichos apiñados formando pabellones. En él, Carlos era sólo uno más entre los miles que lo ocupaban.

La pequeña ciudad, silenciosa esta noche, tenía tres puentes, dos de ellos de reciente construcción. El tercero, más antiguo, era un puente peatonal que permitía a las personas visitar andando desde la ciudad el cementerio. Su perfil curvo de hormigón era más delgado en el centro y los días de fuerte viento podía sentirse oscilar desde arriba. Al contrario que el resto de puentes, carecía de rejas a los lados, tan sólo disponía de una barandilla de un metro y medio de altura.

Iván avanzó un paso.

Un relámpago iluminó el cielo y por una fracción de segundo brilló un objeto. Junto al hierro oxidado que sujetaba el pasamanos, un candado se sujetaba a sí mismo. Iván no necesitaba acercarse para saber que en un lado tenía escrito su nombre y el de Carlos. Una triste y patética parodia del puente Milvio, un acto producto del alcohol y de un amor que no podía ser correspondido.

Su mente trabajaba incontroladamente y a toda velocidad. Aunque luchó para impedirlo, emergieron los recuerdos de apenas dos días atrás. Angustia, impotencia, miedo, desesperación. Sensaciones que se sucedieron cuando despertó junto al cuerpo tembloroso de Carlos. Las sábanas estaban empapadas de sangre que brotaba de él por la nariz, los ojos y la boca, tiñendo su cara pálida y descompuesta.

Iván se agarró con ambas manos y colocó un pie encima de la barandilla para darse impulso. El corazón le latía con tal fuerza que podía oír la sangre presionando en el cerebro.

Aunque no recordaba nada, lo que sí sabía es que había sido por su culpa. No era la primera vez. Pero sería la última. Aunque Iván se consideraba ateo, sí creía en que las malas acciones terminaban teniendo su castigo.

Sintió un suave aleteo dentro de su cabeza y un escalofrío en la espalda. Un trueno desgarrador siguió al relámpago y la lluvia arreció. Cerró los ojos para limpiarse las lágrimas que empañaban sus ojos y buscar la valentía necesaria para poner fin a su vida. Oyó un pitido cada vez más fuerte y más agudo. Intentó taparse los oídos pero el sonido procedía del interior de su cabeza. El pitido dio paso al dolor cuando se hizo tan agudo que fue imperceptible. Cuando abrió de nuevo los ojos, todo seguía oscuro. Creyó que las farolas se habían apagado pero no era eso. Su visión, antes borrosa, se había vuelto negra. Su mente, antes hiperactiva, se quedó vacía.

El dolor cesó. Había perdido el contacto con la realidad. Y entonces volvió a ocurrir.

Una escena terrible se abrió ante él. Un amplio desierto de piedra se extendía en todas direcciones. Pilas de cadáveres se amontonaban a los lados y una encarnizada lucha tenía lugar frente a él, donde el brillante sol del ocaso le cegaba. Apenas podía distinguir formas negras atacándose cuerpo a cuerpo o con armas desconocidas. Una de las figuras pareció darse cuenta de su presencia y avanzó en su dirección. Intentó moverse pero sus pies no respondían. Estaba totalmente paralizado. La figura creció al acercarse. Cuando estuvo frente a él, izó el arma que portaba, la apoyó sobre su frente, al tiempo que otro relámpago lo devolvía a la realidad.

Al recuperar la visión y los demás sentidos, se encontró a sí mismo temblando de frío, completamente empapado y en un precario equilibrio subido en la barandilla. A su derecha, al pie del puente, brillaban las luces de un coche patrulla y unos policías subían a donde él estaba. Probablemente algún conductor los había alertado, lo que significaba que había pasado un buen rato subido allí.

Bajó del pasamanos y salió corriendo en dirección contraria. Siempre podría volver a intentarlo en otro momento. Aún había tiempo. Cuatro meses. Después el cáncer haría el trabajo por él.

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