sábado, 7 de mayo de 2011

La causa de Dios - Capítulo 02: El Padre Zúñiga

Si alguno se juntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos, sobre ellos será su sangre.

Levítico 20:13

El joven sacerdote alzó la oblea y con unas pocas palabras y gestos transformó un objeto ordinario en el cuerpo de Cristo. En los cinco años que llevaba celebrando misas desde que fuera ordenado sacerdote, el Padre Miguel Zúñiga había repetido tantas veces lo mismo que la ceremonia se había convirtido en algo rutinario. Y ello le permitía concentrarse en otras cosas.

Utilizaba su carisma alegre y divertido para atraer como ningún otro sacerdote a los jóvenes, tan difíciles de seducir actualmente por la Iglesia Católica. Y por ello era apreciado por el obispo Ricardo Villena, su superior y mentor. Diez años atrás, el obispo había sido su profesor en el seminario. Su talento e ingenio pronto le hicieron destacar entre los demás y enseguida el obispo se fijó en él.

Las agradables conversaciones que mantenían fuera de clase y las profundas reflexiones a las que conducían crearon un vínculo entre ambos similar al que un hijo tiene con un padre. Padre que, por otra parte, él nunca llegó a conocer.

Sus consejos le habían ayudado a superar muchos obstáculos. Ahora, el Padre Miguel miraba hacia atrás y recordaba aquellos días angustiosos cuando estuvo a punto de perderlo todo. Pero la misericordia de Dios y el apoyo del obispo le permitieron tener otra oportunidad. Y él sabía cómo aprovecharla. Su debilidad ahora era su fortaleza. Donde antes hubo pecado ahora había obediencia y sometimiento a Dios. Él le indicaba el camino que debía seguir para encontrar el perdón. Su penitencia, como los designios de Dios, era inescrutable y debía obedecerse, aunque paradójicamente el pecado formara parte de ella.

- Podéis ir en paz - dijo en voz alta el sacerdote, y con esta bendición puso fin al acto litúrgico. Esta misa de los sábados, que se celebraba a última hora de la tarde, solía tener escaso público y la iglesia pronto quedó vacía.

El cura se dirigió a la sacristía y se cambió de ropa para dirigirse a la casa parroquial. De nuevo, Dios le había hablado y le había ordenado que actuase. Y debía ser esa noche.

Mientras se preparaba la cena, encendió el televisor para ver las noticias. El Padre Miguel escuchó distraídamente al presentador del telediario de la noche hablando sobre el avance de la extrema derecha en algunos países europeos. Cuando terminó de calentarse la comida precocinada en el microondas, la vació en un plato y la sirvió en la mesa de su escritorio. Encendió su ordenador portátil y abrió el navegador de Internet. Desplegó la lista de enlaces guardados y entró a la página gay de contactos registrándose como ABctivo29 y su fecha de nacimiento como contraseña. Aunque era temprano y había poca gente conectada, empezó a consultar algunos perfiles. Como otras veces, Dios le haría saber cuál debía pagar por sus pecados esa noche.

1 comentario:

  1. Joer... qué miedo!. Claro que depende del castigo que infligiera al elegido...

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